“¿Me das un abrazo?” La Estefanía que estaba escuchando esa frase de una mujer mayor en un asilo de ancianos era una adolescente tímida, una joven a la que todo le adolecía en ese momento y que prefería seguir al conjunto, antes que emitir palabra. El abrazo de ese día, sería el quiebre que años después sería el puntapié para mirar esa Estefanía del pasado con añoranza, mientras daba un discurso como representante de Interact ante todo un distrito.

 

Entendí en ese momento que mi lugar en Rotary es brindar servicio a la comunidad. Pero no solo se requiere de la voluntad de estar al servicio sino darse la oportunidad de aprender herramientas de liderazgo, comunicación efectiva y oratoria.

 

Por ello, si me preguntan ¿Cómo ha influido Rotary en mi vida?

 

Con certeza le aseguro que ha potenciado en mí, valores que poseía, pero no sabía que era capaz de expresarlos.

 

Es tanto lo que se vive en cada evento, en cada planificación y ejecución de proyecto que los valores dejan de pertenecer a la institución y pasan a ser parte de uno mismo; lo que nos conlleva a desenvolvernos con esta misma soltura en los distintos ámbitos como profesional, amoroso, de amistades con el mundo en el que vivimos día tras día.

 

 Formar parte de Rotary, implica estar dispuesto a salir todo el tiempo de nuestra zona de confort para mantener esa chispa viva dentro de nosotros, esa que nos motiva día a día seguir superándonos. Y en ese camino las personas que nos acompañan, son otro de los grandes valores que quedan. Lo compartido, lo grupal, el trabajar con una lógica en la que todos compartimos la misma visión.