Para muchos, sobre todo aquellos que habitamos estas latitudes, la ópera es sinónimo de “italiano”. Efectivamente: como arte, nace en Italia; sin desmedro de la gran importancia que para el arte lírico tienen Alemania, Francia, Rusia y en menor medida Inglaterra, España y los países eslavos, es Italia sin duda la que ha hecho de la lírica una expresión popular.

Las melodías que todos conocen pertenecen a óperas italianas.

Para ilustrar estas palabras, proponemos ver y escuchar en forma cronológica algunos ejemplos muy conocidos de temas operísticos que ya están incorporados a la cultura popular.

Gioacchino Rossini nació en Pesaro –parte entonces de los Estados Pontificios– en 1792, y es el más importante exponente de la escuela belcantista que dominó la primera mitad del siglo XIX. Dentro de su prolífica trayectoria, su obra más célebre es “El Barbero de Sevilla”, basada en la comedia de Beaumarchais. Esta ópera cómica narra la historia de un noble sevillano enamorado de una joven, quien vive en casa de un viejo tutor que pretende casarse con ella. Fígaro, el barbero de marras, es el que mediante distintos ardides logra que la joven pareja cumpla sus sueños.

Al principio de la ópera, Fígaro se nos presenta con su conocida aria “Largo al Factotum” que se verá en la interpretación del barítono Pietro Spagnoli en una representación del Teatro Real de Madrid.

De la escuela del bel canto, donde la agilidad de la voz y el acceso a trinos y agudos era el elemento esencial, pasamos a un arte lírico donde el romanticismo es elemento fundamental: allí aparece Giuseppe Verdi. Nacido en 1813 en Le Roncole, un pequeño pueblo del entonces ducado de Parma, en una carrera de más de 50 años transforma totalmente los principios musicales de la ópera.

Verdi es el mayor exponente de la música italiana desde mediados del siglo XIX hasta nuestros días. Sus óperas, que inicialmente incluían epopeyas y heroísmo para consustanciarse con la lucha por la unidad italiana, son obras de una gran profundidad y de una calidad tanto vocal como instrumental, sin parangón.

Su tercera opera es “Nabucco”, basada en la historia de Nabucodonosor, monarca de Babilonia, quien, entre otras cosas, había condenado a la esclavitud al pueblo judío. El coro “Va pensiero sull’alli dorate” que entonan los esclavos judíos añorando su regreso a Jerusalén se transformó para los italianos en un himno a la libertad, y en ese aspecto su texto, junto a la música inmortal, lo expresan de forma inigualable. 

La versión de este coro fue filmada durante una función en el Metropolitan Opera House de Nueva York.

A partir de “Nabucco”, la carrera musical de Verdi adquiere dimensiones formidables. Entre 1851 y 1853 estrena “Rigoletto”, “El Trovador” y “La Traviata”, una trilogía que hace del compositor un ídolo. A esto se suma su compromiso político por la unidad de Italia, que se concreta en esos años.

De la ópera “Rigoletto”, estrenada en La Fenice de Venecia, proponemos la célebre cavatina “La donna e mobile”, cuyo texto hoy sería imposible de componer y difundir ante la catarata de denuncias por violencia de género que traería. Es de destacar que el personaje que la canta es el Duque de Mantua, un libertino bastante despreciable. El maestro –sabedor de lo popular que sería– recién se la entregó al tenor el día anterior al estreno para que la estudiara a solas. A la orquesta le dio la partitura el día de la función. Efectivamente, al día siguiente, toda Venecia la cantaba.

La versión es del extraordinario Luciano Pavarotti, en Londres.

“La Traviata” es una obra musicalmente bellísima y revolucionaria desde el punto de vista argumental, ya que la acción se ubica en París en 1850, o sea, era contemporánea. Hasta entonces, las historias en la ópera transcurrían en siglos anteriores. Basada en la célebre novela “La Dama de las Camelias” de Alejandro Dumas (h), narra las desventuras de un amor entre una joven y bella cortesana parisina, con un joven de la alta burguesía rural francesa. La acción comienza durante una fiesta en la casa de Violetta la heroína, la traviata (“extraviada”, en español), donde los jóvenes se conocen y donde entonan el famoso brindis.

La versión moderna que invitamos a disfrutar es del Festival de Salzburgo, con la exquisita soprano rusa Anna Netrebko y el tenor mexicano Rolando Villazón.

Verdi falleció a los 87 años, en Milán. Fue venerado por los italianos, y toda la ciudad se volcó a las calles para acompañar al maestro a su última morada, cantando las estrofas del “Va Pensiero”.

La última parada de este sintético viaje por momentos populares de la lírica italiana nos lleva a Giacomo Puccini. Nacido en Lucca –en el corazón de la Toscana– en 1858, es sin duda el más popular después de Verdi. Su carrera fue una sucesión de obras maestras donde la acción está reflejada en la música: en ese aspecto, fue un visionario. Simultáneamente, la belleza melódica es conmovedora. “La Boheme”, “Madama Butterffly” y “Tosca” son pruebas fehacientes.

Su última ópera, “Turandot”, narra la historia de una bella y cruel princesa china que somete a sus pretendientes a una prueba con tres enigmas. El que no acierta es decapitado. Así caen muchos bajo la cuchilla del verdugo hasta que llega Calaf, un príncipe cuyo nombre es desconocido por todos y resuelve los enigmas. Informa a la princesa que, si ella descubre su nombre antes del amanecer, él está dispuesto a morir. La princesa despliega todas sus fuerzas represivas para que se conozca el nombre y exige que nadie duerma. Ahí la célebre aria “Nessun dorma” que canta el príncipe.

La escucharemos en una versión de 1983 por Placido Domingo, en la Opera de Viena.

Puccini murió en 1924 sin haber concluido el final de “Turandot”, que fue luego completado por Franco Alfano. La obra se estrenó en 1926 en el Teatro Alla Scala de Milán, bajo la batuta de Arturo Toscanini.

Hemos presentado solo unos pocos y conocidos ejemplos del arte lirico. La afluencia del público a las salas de ópera es constante y no es de extrañar que estén siempre las localidades agotadas.

Y así llegamos al final de este viaje musical. Como siempre decimos: no se priven de la posibilidad de asistir a una representación. Seguramente van a querer volver, porque la música es una caricia para el alma que nos hace sentir felices.