Poco tiempo después de ingresar a Rotary comencé a escuchar -y al principio a repetir-, expresiones muy comunes entre nosotros: “Somos voluntarios, por lo tanto participa-mos cuando queremos” y “En Rotary nunca se debe decir no”.
Ambos se aplican cuando nos ofrecen una determinada responsabilidad, un cargo, una ta-rea cualquiera, por lo tanto, están referidos a un aspecto fundamental del rotarismo, como es la participación.
Lo notable es que las dos expresiones tienen significados opuestos. Según la primera frase, ninguna tarea es obligatoria debido a que Rotary es un voluntariado. Y la segunda dice todo lo contrario, a tal punto que parecería haberse acuñado como reacción a la anterior.
Con relación al primer comentario -la falta de obligatoriedad para aceptar una responsabili-dad- es fácil darse cuenta de lo relativa que es esa expresión. Sólo estamos desobligados hasta el momento mismo en que aceptamos ingresar a la institución. Y a partir de allí nos comprometemos a cumplir con sus objetivos, su estructura, su organización, en fin, con to-dos los requerimientos que ese ingreso implica. Somos voluntarios, sí, pero voluntarios comprometidos, aun cuando no nos obligan documentos legales. Se trata de responsabili-dades morales, éticas, lo cual hace que adquieran las características de compromisos in-eludibles para una persona de bien.
Con respecto al segundo dicho, hace poco tiempo un rotario me comentaba que él había aceptado un cargo porque “En Rotary nunca se debe decir no”, aun cuando no estaba en condiciones de cumplirlo. Y ante esta situación es necesario diferenciar interpretaciones.
Cuando decimos “no se debe decir no” estamos aludiendo a la obligación moral de aceptar un requerimiento.....en condiciones normales para ese momento de nuestras vidas. En cambio, cuando se agrega la palabra “nunca”, se la está aplicando como si no existieran límites, y esto podría dar lugar a confusiones.
Porque, ¿cómo no vamos a poder decir “no” en algunas oportunidades? ¿Cuántas veces se nos ofrecen cargos que sabemos fehacientemente que en ese momento no estamos en condiciones de cumplir? ¿En cuántas oportunidades tenemos problemas de trabajo, o de salud, o económicos, o de estado de ánimo que justifican ampliamente que nos neguemos a aceptar un pedido? ¿Qué es preferible? ¿Vivir una pequeña situación violenta al principio o recibir el desprestigio que implica no cumplir con el compromiso adquirido?
La clave de este punto de vista -según el cual todos tenemos derecho a no participar si hay razones valederas de por medio- radica en que si a alguien se le ofrece un car-go y no lo acepta, se espera que sí lo haga en un futuro próximo.
Porque el problema, el verdadero problema, está en que pase un semestre, y otro, y otro, y que invariablemente digamos “no” a todo, o que en ningún momento tome-mos la iniciativa de ofrecer una idea, una iniciativa o realizar una nueva actividad.
Hay que decir “sí” lo más frecuentemente posible, si es que queremos mantener fresco y vivo nuestro espíritu rotario. Es bueno ofrecerse siempre que se pueda, no esperar a que nos vengan a ofrecer. De lo contrario se produce un círculo vicioso: no nos ofrecen porque no nos ofrecemos, no nos ofrecemos porque no nos ofrecen. Y la contrapartida de esto es cuando ocupamos durante años el mismo cargo, algo no recomendado por RI.
(Nota: No es lo mejor poner ejemplos de sí mismo, pero para mencionar un hecho concreto, estos artículos que envío no me los pidió nadie. Yo me ofrecí a hacerlo. Sólo pedí autorización para en-viarlos, que es lo que corresponde. Y los hago y envío muy gustosamente.)
La actitud de decir siempre “no” es un problema para el club y lo es también -indirectamente- para Rotary, porque el entusiasmo o el desánimo son contagiosos, pero fundamentalmente lo es para cada rotario, porque la única manera de sentirnos bien, inte-grados al grupo, es siendo parte activa, no pasiva. La integración a la membresía no es al-go que termina cuando la alcanzamos. Primero hay que alcanzarla, y después mantenerla en el transcurso del tiempo.
En resumen, las dos expresiones tienen los mismos límites: el sentido común y la impor-tancia de participar. Actuar como voluntarios comprometidos y hacer todo lo posible por aceptar cuando nos convocan a alguna tarea no se trata de leyes rigurosas ni mucho me-nos dogmáticas. Pero la participación permanente nos beneficia a nosotros mismos, porque de ese modo somos y nos sentimos útiles, impedimos que el club decaiga y logramos man-tener en él un alto espíritu de compañerismo y de trabajo.
Por último, y sin considerar agotada la lista de posibilidades de los dichos rotarios, comento uno que no tiene ninguna relación con los dos anteriores. Suele darse cuando se encuen-tran dos rotarios por primera vez, charlan de cosas varias, y un rato después uno le dice al otro: “Eres un antiguo amigo que recién conozco”. ¡Qué linda expresión! Y la aparente con-tradicción que encierra, referida a que un rotario al que recién se conoce sea simultánea-mente un amigo de mucho tiempo, es todo un símbolo de lo que es Rotary. Cuando esto sucede ambos saben que, aun cuando vivan separados por miles de kilómetros o no se hayan comunicado nunca, sus vidas se unen en una filosofía común, que es la amistad ba-sada en el servicio y el servicio basado en la amistad. Afortunadamente mi esposa y yo hemos experimentado personalmente en otro país ese positivo dicho.
Porque nos reconocemos no por la amistad sola ni por el servicio solo, sino por esa fórmula de compañerismo en acción que vincula los dos sentimientos. Es el compañerismo que mo-tiva al servicio, es el servicio que se apoya en el compañerismo rotario. Éste es el ideal que nos une y nos permite identificarnos de inmediato entre nosotros, aun cuando hablemos idiomas distintos o tengamos costumbres o creencias diferentes.
Por último, un dicho rotario que no necesita explicaciones, destinado a los socios que asis-ten poco a las reuniones del club: “La asistencia no es el fin de Rotary, pero la falta de asis-tencia es el fin del rotario”. Por supuesto, hay excepciones.
Estos dichos rotarios, tan expresivos, agregan un toque simpático a las relaciones entre nosotros, ayudan a nuestra identidad y fortalecen nuestras acciones cotidianas.